martes, octubre 27, 2009

LA MUERTE DE JAVIER


Javier fue un queridísimo amigo con quien lo he compartido absolutamente todo, aunque nuestra vida en común duró tan sólo algunas semanas. Fue, a pesar de su brevedad, la relación más intima y más profunda que jamás haya tenido. Lamentablemente Javier fue descubierto la madrugada del 26 de octubre de 2009 a las 4.44 a.m. (ayer mismo) Lo hallaron en plena primavera.

Fue mi culpa. Lo sé; no puedo borrar esa idea de mi mente. Nunca podré quitarme la horrible carga de haber sido el responsable de que lo descubrieran. Fui torpe y descuidado, no supe borrar las huellas de su existencia. Nunca pensé que Esteban, con esa maldita naturaleza de sabueso iba a seguir los rastros, pero siempre llega hasta las últimas consecuencias cuando alguien se le mete en la cabeza. Ése era el caso. Javier estaba en su cabeza de la misma forma que había sucedido conmigo cuatro años antes. 

Incauto, como me iba de viaje dejé mi computadora a disposición de Esteban. La    necesitaba para buscar trabajo. Fue Esteban quien, proponiéndoselo o no, empuñó el arma que desgarró cuerpo y existencia de Javier, y, con él, mi esperanza de seguir habitando su fascinante historia, pero sobre todo, seguir compartiendo el mágico romance entre Javier y Esteban. Sin quererlo, fue el propio Esteban quien puso fin a su esperanza de haber encontrado su amor.

De todos modos, debo decir que una existencia como la de Javier, intensa como una supernova y carente de sustancia, no podía durar mucho. Era pura energía, puro sentimiento, flotando en el aire de nuestras mentes. Ya sabemos que la energía debe estar anclada a la materia para permanecer, pues, de no ser así, arde y se desvanece.

Para ese entonces la muerte de Javier era ya un hecho. Sólo era cuestión de tiempo. Si no moría porque borraran todo lo que él era, quedaría confinado por el resto de su vida a no poder comunicarse mas con nadie, lo cual es mucho peor que morir.

Javier era hijo de una ilusión, y cada día, Esteban y yo lo alimentábamos. Javier existía porque nuestros deseos lo dotaban de vida. La sorpresa fue que en muy poco tiempo, él mismo comenzó a alimentarnos a nosotros a través de intensas emociones y de ilusiones que llenaron nuestras horas e inspiraron nuestras vidas. Para Esteban, Javier era  un hombre a quien amar, y la ilusión de un "salvador hermoso", de un nuevo guía para su vida que podría hacerse cargo de sus problemas, temores, inseguridades y falta de previsión. A mi me daba la posibilidad de sentir del otro lado del teclado que Esteban me amaba de nuevo… aunque sólo fuese a través de la ficción y de la mentira... ¿Como era eso posible? Porque el amor intenso seguido del extremo abandono hizo de mi mente un laberinto que, como un útero contrahecho, dio a luz a Javier. Para la imaginación no existe verdad y mentira, y, por amor, cruzamos todos los límites imaginables. Javier me ayudaba a conocer el rostro oscuro de Esteban, el que no me amaba y a quien yo sólo servía  para alcanzar sus fines.

Javier era un hombre de 39 a 44 años; nació, o, para ser más exacto, comenzó su existencia con esa edad, aunque mentía tener 37. De aspecto viril, cuerpo grande y armónico, velludo con barba y una sonrisa que derretía barritas de chocolate a metros de distancia. Entre otras cosas, adoraba el mar, y siempre estaba tratando de ir a pasar su tiempo allí de ser posible con alguien que le gustara. Era un romántico empedernido. Había hecho psicoanálisis por más de diez años, y continuaba haciéndolo pues afirmaba que era fundamental en su vida darse cuenta de lo que ocurría en su cabeza sin que él lo supiera. Además, afirmaba que vivimos en un mundo con tanta polusión mental que necesitamos quitar el hollín de nuestra cabeza. Este dicho de Javier lo entendí mucho después, cuando me di cuenta que algo oscuro había infectado mi mente... pero eso fue mucho tiempo después. Le fascinaban las competencias de inteligencia, la seducción, el misterio, el ejercicio de vencer intelectualmente al otro. Adoraba encontrar algún adversario digno con quien sostener una buena pulseada intelectual, y pocas veces lo vencían.

Como Javier nació adulto, se vio obligado a tomar prestadas algunas de mis experiencias para construirse una historia. Usó algo de mi memoria, de cuentos que yo leí, de la TV, etc. y la hizo con todos los detalles que una vida tiene: trabajo, horarios, gustos, hermana viviendo en Europa, casa en Devoto, madre enferma, etc.  Así fue como Javier, en virtud de su gratitud conmigo por haberle dado existencia, se prestó para ser un puente que me acercara a Esteban durante algunas semanas. Me permitió sentir a través de su alma y percibir con sus ojos y oídos; vivir nuevamente lo que era ser deseado por Esteban.

Por estos tiempos mi vínculo con Esteban se derrumbaba. Hacía tiempo que el desgaste había ido sustituyendo abrazos por comentarios irónicos, besos por evitación, espacios de dialogo por programas de TV, y sobre todo, salidas compartidas por escapadas de Esteban en busca de aventuras.

La entrada de Javier a nuestras vidas reavivó viejos colores y trajo extraños movimientos. Esteban hablaba conmigo sobre Javier. Su fascinación fue evidente desde el comienzo. Decía que era increíble.

Yo era parte de todo lo que leía, escribía, vivía y sentía Javier. Eso era placentero y extraño. ¿Cómo llegué a ese punto de locura? Mi sospecha de que Esteban tenia sexo con otros hombres me llevó a querer espiar sus rutinas. Ya habíamos tenido choques por sus escapadas. Sabía que, a pesar de haber propuesto que olvidáramos el pasado y sus infidelidades para "comenzar de nuevo pero bien", él planeaba continuar exactamente de la misma forma, ganar tiempo, casa y comida hasta encontrar con quien ir. Pero una parte de mí no le creyó y por eso llamé a Javier a nuestras vidas. El objetivo inicial era desenmascarar a Esteban y nada más. Jamás imaginé que Javier iría a cobrar vida propia, y, mucho menos, que él mismo empezaría a cambiar mi propia vida, mi percepción de  mí mismo.

Abrí una cuenta de mensajero instantáneo, puse unas fotos bajadas de internet y así comenzó a existir "jav1972@", un hombre ficticio que yo mismo inventé siguiendo los gustos de Esteban. Un hombre mentalmente idéntico a mi pero sin mis culpas y mis contradicciones y sin muchas de mis miserias.

Como suele ocurrir cuando se experimenta con existencias (humanas o no), la vida siempre nos sorprende abriéndose paso, y así sucedió. Javier fue creciendo en iniciativa y en voluntad propias y la situación se desvió totalmente de su rumbo original. Se apropió de su existencia, reclamó su espacio que obviamente le cedí. La relación de ellos influyó sobre Esteban tanto que comenzó a mejorar el trato hacia mí. Javier nos ayudaba a ambos. A mi, mostrándome lo que realmente sentía Esteban, o para ser más preciso, lo que no sentía, su deseo de estar con otra gente, etc., y a Esteban le ayudaba a pararse en el mundo como adulto, nada menos que a crecer.

Javier Lograba que Esteban prestara atención a todo lo que en mi boca eran idioteces. Le ayudaba a reflexionar sobre para qué independizarse, sobre sus conductas engañadoras, sus mentiras, su incapacidad de pensar en los demás y sobre su estilo demandante. Para Esteban hasta ese momento el demandante era sólo yo. También le hizo reflexionar sobre la necesidad de cuidar todo lo que le rodea, su ambiente, y que mientras viviese conmigo tratara de llevarse bien, porque simplemente yo era parte de su vida aún.

Esteban comenzó a mejorar su humor. Horas de chat cada día lo estimulaban y cambiaban su estado de ánimo y, obviamente, también el mío. Pero Javier hizo por mí mucho más que eso, me permitió revivir aquello que yo tanto añoraba, los viejos tiempos de magia con Esteban. Era difícil creer que en un comienzo yo fui el gran sueño de Esteban. Un año me persiguió sólo para conseguir una cita. Hoy me descartaba, y yo no podía dejar de amarlo. En ese punto, como quien deja su tierra para siempre y quiere verla por ultima vez, le pedí que me dejara volver a esos lugares donde era esperado, deseado, donde el tiempo hasta encontrarnos era cruelmente lento y cada abrazo nos dejaba al borde de las lágrimas. Javier me regaló ese invaluable tesoro: volver a sentir por última vez el amor de Esteban.

Durante su corta existencia jamás dejó de compartirlo todo conmigo. Uds. pensarán que estoy loco, ya que Javier supuestamente era yo, una creación mía, pero no es así. El cerebro no es una unidad indivisible. Las neurociencias han demostrado que la cuestión de la unidad es lisa y llanamente una ilusión. La mente es en verdad un ramillete de voces, algunas disonantes. Es el cerebro quien crea la ilusión de unidad llamada yo. Por lo tanto, por qué no aceptar que si el amor puede partir el "corazón" de alguien, también puede fragmentar su mente.

Yo acompañaba silenciosamente a Javier cuando conversaba con Esteban. Él, muchas veces, decía cosas que yo nunca hubiera dicho. El compartir una memoria en común nos permitía dialogar conociendo la vida del otro hasta el más mínimo detalle. Javier me calmaba con su abrazo de palabras. ¡Cuántas veces deseé que tuviera existencia material el tiempo suficiente para abrazarlo! Me mostraba la verdad, una verdad dolorosa, pero siempre reparando en el lado bueno de las cosas, solía decirme que lo que cura es la verdad, y claro que tuvo razón, quizás por eso ahora puedo contar esto, Javier, por encima de todo, trajo  verdad a mi vida.

Me complementaba, Me llenaba de emoción ver a través de sus ojos, un hombre libre, fluido; parecía tener todas las fichas a su favor, pero para él nunca fue una ventaja. Por el contrario no sentía para nada tener ventaja alguna sobre alguien que no fuese tan atractivo.

Sin proponérselo, Javier había logrado que Esteban aguardara ansioso el encuentro en internet para contarle los detalles de su día, y poco a poco fue abriendo su corazón para contarle los grandes hechos de su vida. Esteban, sin lugar a dudas se sentía sumamente atraído por Javier, y aunque este no le hubiera propuesto tener algo, Esteban seguiría alimentando la esperanza de que aquello sucediera a pesar de las desalentadoras palabras y límites que Javier ponía. Cualquier recurso era bueno para retener unos minutos más a Javier en línea. Y Javier disfrutaba hacerlo. Cada encuentro era como una fiesta largamente esperada. Disfrutaban, saboreaban los instantes compartidos, se empujaban y se provocaban a pensar a argumentar, jugaban pulseadas de ingenio, y se seducían todo el tiempo. Desplegaban todas sus brillantes estrategias en una danza llena de creatividad, seducción y fascinación.

Javier mencionaba mi nombre muchas veces en las charlas, y, aunque Esteban no disfrutaba de ello, Javier solía valorizarme o ponerse de mi lado, y cuando Esteban decía que no me amaba, que yo lo volvía loco, que sólo sufría en mi compañía, lo instaba a irse y buscar su lugar y su amor. Pero Esteban inevitablemente se quedaba y seguía mintiendo para no perder los privilegios y el acceso a lo que yo podía darle. Creo que  y eso era lo más duro para él: darse cuenta que no era él sino yo, el que tenía la vida que él deseaba tener.

Esteban veía en Javier una versión mía que alguna vez conoció y que había olvidado, el escuchador, contenedor, amigo, el que decía lo que pensaba con la honestidad de un verdadero amigo; ese abrazo protector, o ese hombre que ama, sufre y comprende a los demás. Javier, sin embargo, ayudaba a Esteban a pensarse en otra realidad, a soltar los lazos que lo sujetaban a su dependencia infantil, al afán de ser criado y “salvado” por alguien a quien le cobraba una deuda que Esteban sentía que el mundo tenía con él.

Javier entonces lo alentaba a buscar una vida digna, sin sometimientos, sin humillaciones y con otra persona a la que el amara, y si no era con alguien, al menos fuera del espacio sobreprotector de mi casa. Lo instaba a pensar en la idea de crecer y liberarse, y Esteban comenzó a ver cómo esa idea le daba una sensación de enorme libertad. Pero su miedo, o quizás su comodidad seguía siendo enorme.

Esteban se desnudó ante Javier, le contó que estaba conmigo por comodidad, que la distancia de edad le molestaba y que se sentía oprimido y encarcelado, en la relación. Que quería ir a bailar solo, salir solo, y ser dueño de hacer lo que quisiera sin dar explicaciones. Que sus días eran dolorosos, y hasta le rogó a Javier que lo rescatara. Recordé que conmigo había hecho lo mismo diciendo que lo echaron de la casa, que jamás le habían festejado un cumpleaños, que no la hacían de comer… en fin que vivía en un infierno. Fue cuando Javier le mostró de la manera más llana imaginable, que él no era una princesa cautiva en la torre de un castillo, sino que era un muchacho que estaba en condiciones de hacerse cargo de su propia vida, y de marcharse si eso era lo que quería. Cuando Javier decía esto, yo, que siempre estaba de testigo, sufría pero apoyaba a Javier sabiendo que aun teniendo a Esteban lejos, era mejor que él creciera, que ya no había posibilidad de seguir amarrándolo sin hacernos un daño grave. Que le había enseñado todo lo necesario, a excepción de una última cosa: vivir sin mí, y era lo que Javier debía enseñarle.

Todo fue muy bien, Esteban iba ganando confianza y despejando su mirada con cada conversación con Javier, esto mejoraba el contacto de Esteban conmigo, y hacía que las cosas que siempre dije ahora fueran escuchadas hasta con  gratitud.

Esteban sabía que Javier también chateaba conmigo y suponía que estaba enamorado de mí. Eso lo inquietaba así que se propuso conquistarlo para expulsarme del corazón de ese hombre. Javier le explicaba que había tratado de acercarse a mí pero que yo lo había rechazado por amar a Esteban. Pero Esteban seguía celoso. Javier no renunció a mí... por obvias razones y eso fue sembrando sospechas que crecían cuando Javier se negaba a mostrarse en cámara web, a llamar por teléfono o a encontrarse en una cita. Yo no tenía cómo proveerle existencia mundana, no sabia cómo hacer eso y no tenía tiempo de armar un escenario convincente, así que Javier comenzó a volverse vulnerable. Esteban sospechando, entró a mi agenda, a mis cuadernos, a mi computadora y obviamente encontró lo que buscaba. En el preciso instante en que puso los números de la clave, la vida de Javier se detuvo.

Ahora se invirtieron los papeles: fui yo quien le prestó mi propia vida a Javier, como tantas veces lo había hecho él conmigo, para que se despidiera de Esteban. Javier habló por última vez para destejer la trama de su existencia y sobre todo agradecerle toda la atención, las decenas de horas compartidas con tanta emoción y sin duda el amor recibido. Pero Esteban nunca contestó, supuso (erróneamente) que Javier nunca había existido (error frecuente pensar que las criaturas de ficción no adquieren vida propia). Esteban estaba dolido, expuesto, humillado y furioso. No iba a agradecer a Javier que lo dejara en una posición de tanta soledad y tanta exposición frente a mí. Por primera vez había mostrado sus manipulaciones en todo su esplendor, había criticado a quien le mostró un camino que lo alejó de su miserable historia.

Terminada la despedida sostuve unos instantes en mi pecho el alma de Javier, consternada, agonizante, arrepentida porque había traicionado a alguien que lo amaba. Javier nunca tuvo esa intención el amor mismo lo guiaba... pero no tiene sentido explicarlo, Javier se disolvía. Sentí en mi pecho cómo Javier se retorcía de dolor, porque hasta los seres imaginarios se aferran a la vida. En el breve tiempo que le quedaba le agradecí ese regalo increíble que me había hecho, para el cual, sin saberlo, había sido creado: me regalo la libertad. La libertad que se tiene cuando se conoce la verdad. Pues quien te engaña te roba tu libertad. Luego solté una lágrima, nos abrazamos con uno de esos abrazos que son difíciles de olvidar, y mi amigo se dejó llevar por la existencia.

Desperté retrasado en el hotel en San Pablo, me había quedado dormido. Tomé rápidamente mi notebook, esa a través de la cual Javier y yo habíamos vivido tantas cosas... y entonces, sólo entonces, me di cuenta de que ya no volvería a sentir su presencia: estaba más solo que nunca. Javier ya no abriría puertas para mi, ya no compartiría sus emociones, ni sentiría el entusiasmo de Esteban a través del corazón de Javier. Y Esteban no perdonaría nunca el haber sido manipulado y descubierto de esa forma.

Cada uno ahora seguiría un camino que nos alejaría para siempre. Dejé caer mi última lágrima, agradecí en silencio a Javier, y terminé de armar mi maleta.

Un nuevo día empezaba. Me puse los auriculares de mi mp3, lo encendí y enseguida Clara Montes comenzó a explicarme con una dulcísima canción que seria abandonado en primavera... Sonreí; y, desde el centro de la primavera, le respondí: "Lo sé".