jueves, diciembre 30, 2010

Estarás solo

Los hombres semidesnudos, me miraron con desprecio. Ni siquiera me preguntaron el motivo por el que quería ver a la mujer. Me señalaron una choza, entré y me senté en el único lugar posible: el suelo. El silencio era apenas interrumpido por sonidos vagos que venían de afuera. Los nativos ni siquiera hablaban. Perdí la noción del tiempo. Mi sensación de soledad se profundizó. Pueden haber pasado horas o minutos, no lo sé.

Cuando la vi aparecer, no pude menos que contraerme encajándome más en el rincón en que me había sentado: negra, imponente como una faraona. Envuelta en un halo sobrenatural. Me clavó sus ojos como aguijones oscuros que me hurgaban; me quedé casi sin respirar unos segundos que parecieron horas; luego sentenció firme y segura como si yo fuese un cartel que ella estaba leyendo: 

 Y ¿qué esperabas? ¿qué te sorprende? ¡Ese es tu destino! ¡Estar en soledad; masticarla, rumiarla tragarla, indigestarte con ella una y otra vez!

Querrás mil veces cambiar lugares con cualquier idiota adormecido en el escritorio de su oficina. Vas a renegar de ti mismo hasta agotarte, pero eso no servirá de nada. No muchacho, no va a servirte. Lo único que ahuyentará tu soledad por unos instantes será estar entre locos, entre los que nadie quiere, entre desterrados que también conocen la soledad y que son capaces de saltar al vacío. Los que son diferentes podrán entenderte sólo a veces; pero serán más las veces que vayas y vuelvas sin una puerta a la que tocar, sin alguien que se te siente delante y conserve su substancia y calma. Todos serán a partir de ahora como figuras de cartón. Muecas patéticas. Mentiras que se dicen mecánicamente a sí mismos sin siquiera darse cuenta. No podrás hablarles, no entenderán tu lengua, te mirarán sin comprenderte, podrán inclusive odiarte y atacarte creyendo que los quieres lastimar. Hasta que por fin aceptes que estamos solos muchacho, que aquí dentro ―se tocó el pecho nadie más que nosotros sabe lo que sucede. Nadie más... 
Respiró profundo como si en su suspiro se derramara todo el sufrimiento de la humanidad, luego continuó: Y, mi niño, aunque sea extraño, tu fuerza proviene justamente de allí pues eres el hombre que lleva el amor como tu lucha. 

Aprenderás a construirte tu propio mundo habitable. Podrás ver muy lejos, más allá de lo que ve la gente ordinaria. Verás el alma de las personas, verás inclusive sus pensamientos y deseos. Y algún día, eso si dejas de luchar con tu destino, podrás ver la mismísima mecánica del mundo; las conexiones que existen entre todas las cosas, las causalidades, las interacciones y las fuerzas que lo mueven todo. El viento, la piedra, el agua, y lo que moviéndose, mueve a otra cosa y crea el gran movimiento. Cuando así sea, anticiparás los avatares del mundo que habitas y serás un superhombre. Pero siempre estarás solo.

Esa es tu bendición, porque nadie podrá quitarte lo que posees. Nadie manipulará tus sentimientos, no conocerás lo que siente alguien que sufre por amar a otros; pero también será tu cruz: porque no encontrarás con quien compartir la dura carga que llevas. 

Cuando la soledad de aguce, te esforzarás, intentarás mover el rabo como los perros, y ser un idiota que disfrute de cosas triviales, pero, aun esforzándote, no lograrás estar mucho tiempo en esos lugares miserables. Ese jugueteo es para otros, no para ti. Te marcharás tantas veces como trates de interesarte en personas y cosas banales.

Se acercó a mí. Tomó mi mano entre las de ella. Su piel intensamente oscura y tibia contrastaba con mi palidez insípida y fría. Era como si la tierra misma me tomara la mano. Sus palabras me habían sumido en una profunda desazón, no estaba triste; sino que parecía haber perdido la esperanza. Ella, de algún modo lo supo. Sostuvo mi mano un poco más fuerte y me dijo:

―La esperanza aquí no sirve de nada, es un amarre, una distracción. Es apenas una forma infantil de negación que debes abandonar ahora mismo. Esperanza... ¿esperar qué? ¡tú no tienes nada que esperar! ¡Deja ese juego impotente y asume de una buena vez quien eres! Toma lo que te pertenece: tu lugar en el mundo. ¡Sólo entonces serás todo aquello de lo que eres capaz! 

Mi cuerpo asentía sabiendo que ella decía la verdad. No podría luchar contra ello, porque una parte de mí ya lo sabía y tan sólo necesitaba de su confirmación. A eso había venido.

―Tú lo sabes, afirmó dando voz a mis pensamientos. Tú lo sabes bien, y no de ahora, desde hace tiempo. Sabes bien que hubo gente en tu camino cuyo único objetivo fue ayudarte a despertar, provocarte para que tomaras tu espada y encarases tu lucha. Pero el resto del camino será solitario. Y el único alivio será allí, con algunos locos que batallan como tú, pero tampoco podrás distraerte mucho, porque cada cual tiene lo suyo, su tarea. Así como tu tienes la tuya.

Me levanté. Ella me acompañó hasta la puerta de la choza. Nuevamente tomó mis manos. Me miró despidiéndose, y salí. Ahora los hombres me miraban con respeto. Ella me había hablado.

Caminé sin dirección, sin pausa, a paso vivo hasta que mi cuerpo entero estuvo empapado de sudor. Tomé noción de que estaba perdido. No me importó. Todos los lugares me daban igual. No podía escapar de mí, no podía rehuirle a mi destino. Sentía ser parte de algo tan grande que nada de lo que hiciera cambiaría las cosas, porque estaría haciendo exactamente aquello para lo que fui concebido. Así que me senté al pie de un acantilado al que había llegado. El sol se ponía. Me deje deslizar por ese instante, sin tristeza, con una calma extraña, y me percaté de que en estaba sonriendo. Me había dado cuenta de que nadie nunca podría arrebatarme esos momentos. Sentí todo lo que me rodeaba como si mis límites se hubieran disuelto y mi contenido se esparciera... sentí diluirme en el todo y curiosamente toda sensación de soledad se disipó. 

viernes, diciembre 10, 2010

OHMAR

Kilómetros desérticos frente y detrás de mí. Ya no sabía cuánto había caminado persiguiendo un espejismo. Estaba extraviado. El aire era denso, podía sentir su viscosidad en mi garganta. Mis pies se arrastraban, y sentía que, en los últimos tres años, había envejecido diez. Nada tenía de atrayente el paisaje, ni siquiera veía ya los inspiradores espejismos que antes perseguí. Empezaba a sentir que nada tenía sentido, que no importaba qué hiciera ni hacia dónde fuera, no conseguiría lo que estuve persiguiendo: el amor de Esteban.

Me dije que eso no era para mí. Tenía que aprender a desistir, a renunciar. Mi problema es que no sé cuando abandonar una batalla y esta vez acabé como Pirro, rey de Epiro y de Macedonia, que en una batalla con los romanos, fueron tantas las bajas que tuvo a pesar de vencer, que dijo: Otra victoria como esta y tendré que regresar sólo a Epiro.

Soltar mi deseo era difícil; pero creo que el cansancio me fue ganando al darme cuenta de que hay sueños que no pueden ser, y derrotas que jamás se remontan. Dejar de lado lo que me inspiró en los últimos años y simplemente caminar sin expectativas era difícil pero era lo adecuado. En ese momento sentí que algo que había estado apretando mi pecho se disolvía y el aire se tornó más fresco. De pronto encontré un pequeño sendero, que conducía a una zona de piedras. Lo seguí y descubrí un delgado hilo de agua que, en otros tiempos debió ser un arroyo. Algo estaba cambiando en el paisaje. Vi vegetación al otro lado del arroyo y, un par de kilómetros más allá, se extendía un bosque. Seguí la huella. Mientras lo hacía, por primera vez en todo mi viaje, me sentí vigorizado. Ese largo camino recorrido inútilmente me había dejado más extenuado de lo que suponía. Llegué al bosque y me adentré en él. Podía escuchar sonido de pájaros. Los arboles se iban cerrando a medida que avanzaba, lo hacían más y más oscuro.

Unas aves extrañas parecidas a búhos blancos me observaban. Los búhos son nocturnos… es de día —reflexioné—. Pude divisar lo que parecía ser una cabaña en medio del bosque. me fui acercando con cuidado. Parecía deshabitada. Hecha de troncos, pequeña y sumamente atrayente. Entré. La casa estaba en semipenumbras, me llevó unos segundos adaptarme a esa oscuridad. El piso brillaba, y reflejaba la imagen de una anciana que, de espaldas a mí, cocinaba. No se dio vuelta, a pesar de yo haber abierto la puerta e iluminando toda la habitación. Estaba absorta en una especie de guisado que preparaba, ¡el aroma era delicioso!

Se volvió lentamente para mirarme con sus ojos enormes. Esgrimía una sonrisa increíblemente luminosa y apaciguadora. Me reconoció, y yo a ella aunque no sé de cuando ni de dónde.

—¡Qué bueno que llegaste! —dijo sonriendo— La comida está casi lista. ¡Preparé tu plato favorito! —Nos unía una conexión antigua e inexplicable. Traté de recordarla pero no lo logré. Me miró con ojos compasivos, como si estuviera completamente al tanto de lo que yo sentía.

Entonces me preguntó dónde había estado. Sin proponérmelo bajé mi cabeza y comencé a llorar. Me sentía inútil y vano:

—Me perdí. Estuve perdido errando atrás de un espejismo. Estuve años buscando algo que no existe. ¡Desperdicié un tiempo precioso y mis mejores energías para alguien que no merece la pena que no puede darse cuenta de nada!

—No te tortures, —dijo dulce y firme— estás donde debías estar, en el preciso instante en que debías llegar. Fíjate en esto, la comida, tu favorita, estaba lista cuando llegaste, no antes, ni después. Deja de torturarte. Cada cosa, cada momento, cada lágrima fue necesaria para que llegaras donde estás. Hiciste lo correcto —nuevamente aseveró como si conociera toda mi historia.

—Pero no sirvió de nada —respondí—. Entregué lo mejor de mí a alguien que no ve, que no valora y que no podrá aprovecharlo.
—No puedes ver ahora las consecuencias de lo que hiciste, porque eso sólo el tiempo te lo mostrará; y han de ser necesarios varios años para que puedas volverte, observar todo este tiempo, y darte cuenta de que nada hubo de errado. Nada de lo que hiciste sobró y nada faltó.

Aunque ahora no puedas verlo, creaste un cambio muy importante, una bifurcación en el curso de las cosas. Era lo que estaba escrito: ese era tu deber  —el tono de autoridad en sus palabras me tranquilizaba, luego continuó—: la vida fue dura con ese muchacho, —supe que se refería a Esteban— fue como una gran picadora de carne que lo hizo pedazos. Llegaste para devolverle lo que otros le habían arrebatado. Sólo para eso. Donde no había vida ahora la hay, y está creciendo. Y te sientes vacío porque es lo que sucede cuando das vida con tu propia vida: una parte tuya sale de ti y se aleja para crecer y seguir multiplicando y creciendo en otro lugar.

Ya no te tortures más. Deja de exigirte hacer las cosas bien. El bien es sólo una forma de mirar la vida, una forma incompleta. El bien no existe en estado de pureza, para tenerlo puro debemos recortar la vida y dejar afuera una parte.

Me abrazó. Era el abrazo de todas las mujeres que me cuidaron. Me refugié en su regazo mientras lloraba, sintiendo que sus palabras tocaban mi alma, y también, que nada de ello me era comprensible aunque algo en mí sabía que todo estaba por fin en su lugar. Me relajé en su abrazo. Acariciaba mi pelo con suavidad y yo me iba deslizando hacia un sueño apacible. Miré a través del cristal de la ventana y vi unos seres altos, blancos, como columnas de mármol reluciente que formaban montones de círculos en todo el bosque. Luego comenzaban a caminar causando la impresión de girar. Tuve la sensación de que ese bosque no era en verdad un bosque. Que el camino que recorrí me había llevado a otro lugar y no podía entender cual era ese lugar. ¿Estaría soñando?

Siempre sentí que nada salía bien en mi vida. Me solía quedar con la pregunta y no miraba la respuesta que llegaba con el tiempo: a veces de inmediato, a veces mucho tiempo después. Siempre me sentí como un niño enojado con Dios, porque las cosas no eran como yo quería. Y a veces, cuando sucedían de ese modo, ya no me interesaban.

Ella tenía un efecto extraño sobre mi. Su presencia me calmaba y me ordenaba. Empecé a ver con más amplitud mi propia historia. Empecé a percibir conexiones entre los hechos que nunca había visto. Tuve la clara sensación de que el universo no comete errores en sus cálculos. Todo está en conexión con todo en un equilibrio espeluznante. Un pequeño movimiento en un punto de la gigantesca red mueve un sinnúmero de puntos creando siempre algo nuevo, algo maravilloso, pero para el punto que inició el movimiento es imposible ver el todo, es imposible saber hasta dónde llegó su influencia y hasta donde marcó un cambio en la totalidad.

Mientras tanto, aunque yo no lo sabía, la vida de Esteban había cambiado dramáticamente a partir del encuentro conmigo. Pudo crecer, asumir su propia vida y hallar un rumbo. Dejó la vida nocturna y el trabajo en los bares. Dejó de ser un marginal y comenzó a estudiar psicología. Se graduó y comenzó a atender niños. Casualmente niños con dificultades o niños maltratados por la vida. Se transformó más que en psicólogo, en un maestro; un mentor. Rescató muchas almas de la misma forma que él había sido rescatado. Algunas de las almas que rescató y también la suya propia, tuvieron un importante valor para la humanidad.

Ohmar, uno de los niños que atendió lo adoptó a él como “padre” le dijo una vez: “Qué bueno que me sucedió todo lo que me sucedió; que bueno que fui golpeado y abusado, porque de no haber sido así, jamás hubieras llegado a mi vida…” Esteban, lo abrazó muy fuerte y sintió que por fin su niño interior sonreía.

jueves, diciembre 02, 2010

El sueño más hermoso

Vivimos hace años en un pueblo muy tranquilo; la rutina es la cuna en que nos mecemos. De vez en cuando llega gente nueva, y otros se van. Como en todo pueblo, al principio es difícil entrar en contacto con los que habitamos aquí, pero después todo se va dando solo. A veces en la calle o forzados porque alguien no está bien y lo asistimos, o por el día a día... de una forma u otra nos conectamos.
Desde que puedo recordar, esta ha sido mi morada. No conozco otro lugar. Quizás un día deba irme de este pueblo. Confieso que eso me provoca un enorme resquemor, pero no lo pienso. Lo desconocido siempre me asustó, no soy fácil para los cambios.

Con todo, en medio de nuestra valorada paz, siempre sucede algún evento digno de llamar la atención. El pueblo hoy estaba conmocionado. Se trataba nuevamente de Leandro: un muchacho extraño y muy querido por todos.

Entró corriendo a la capilla empapado en sudor completamente agitado. ¡Sabe Dios desde dónde vendría! corría y gritaba que los muertos, de nuevo, lo perseguían.

No tenemos psicólogos en el pueblo, por la sencilla razón de que nunca los hemos necesitado. Nuestras cosas las resolvemos conversando con nuestros vecinos y amigos, con los consejeros espirituales. Pero Leandro hace mucho que se quejaba de ver siluetas humanas semitransparentes yendo y viniendo en las calles o en su casa. Siluetas llorando, gritando, peleando, siempre atormentadas, nunca en paz.

En una ocasión algo ocurrió con su pobre cabecita y permaneció una semana entera viendo esas cosas, imagino que son muertos, obviamente, ¡porque otra cosa no pueden ser!

Resulta que los veía corriendo, yendo y viniendo, enloquecidos totalmente, enajenados, gritando, llorando,  chocando unos con otros. Toda la escena narrada encaja perfectamente con las descripciones de lo que todos nosotros entendemos por el infierno; o como mínimo el purgatorio. 

Almas atormentadas, encerradas en una especie de ciudad de la que no pueden escapar…

Parece ser que lo más destacable de estas entidades es que no conocen su condición de muertos —cuenta Leandro— ellos realmente creen que están vivos —asegura—, de hecho van y vienen, habitan casas… todo como si estuviesen vivos. Corren apurados a sus casas, clubes, trabajos como si vivieran! Debido a ello, a esta obstinada negación de su verdadera condición, es que temen horrorosamente a la muerte, a las enfermedades, a las pérdidas, en fin sus vidas de verdad son un infierno en el que naufragan ciegos.

Pues así es, Leandro tiene ese "don" que más bien parece una maldición de poder ver a los muertos. Otra cosa que, para Leandro fue de lo más aterrador, fue darse cuenta de que algunos de ellos nos pueden ver a nosotros. Si, pueden vernos desde ese infra mundo en que viven. Es horrible para él cuando lo persiguen e insisten en hablarle. Muchos de ellos son niños que usualmente sólo lo miran, incuso a veces le sonríen; y algunos adultos muy extraños también lo hacen, otros le temen. Parecen ser sumamente supersticiosos en relación a nosotros. Cuando alguno lo encara es siempre aterrador, el pobre muchacho corre y corre hasta que sus fuerzas lo abandonan y llega a la capilla, el único lugar donde ellos no pueden entrar. Ha llegado tan exhausto que cayó una vez desmayado y quedó inconsciente por algunas horas.

Había ocurrido de nuevo. Esta vez fue peor, parece que uno de ellos lo tomó por el pie y no lo soltaba. Es aterradora la sola idea de que esas figuras semitransparentes puedan tocarte, pero sin duda, él lo sintió y por lo tanto fue real. Cuando sintió que lo aferraban se volvió para ver el rostro de una mujer, que , desesperada, gritaba: ¡quedate conmigo! ¡no me dejes!

Sus alaridos agudos perforaban los tímpanos de Leandro, los gritos le entraban en el cuerpo como dardos punzantes desgarrando sus fibras y creía que con sus gritos lo haría estallar. El dolor de ella era inmenso y se lo inyectaba de alguna forma haciendo que Leandro sintiera lo mismo que ella sentía. Fue el momento más espantoso que jamás haya recordado y el sólo narrarlo hacía que su cuerpo entero temblara.

Lo mas inquietante es que Leandro creía conocer a esa mujer, si bien no la recordaba había algo en ese rostro que le resultaba morbosamente familiar.

En la capilla estábamos ya serenos para oír su historia de muertos y darle toda la compañía necesaria, ya que el muchachito no tenía familia.

Cuando él llegó aquí con sus escasos veinticuatro años, la poca familia que le quedaba ya se había marchado. Era un poco el protegido de todos, sin embargo muchos de los lugareños se habían quedado solos, así que éramos todo lo que él tenía.

Esa noche nadie tuvo la paz que solíamos tener. Las imágenes aterradoras de los muertos vivos nos desfilaban a todos por la mente y no conseguíamos conciliar el sueño. Nuestro pueblo era nuestro refugio pero había perdido una parte de su apaciguadora seguridad. Varios de nosotros deambulábamos los las callejuelas, la capilla los corredores y los jardines inquietos, tratando de asegurarnos que los muertos no estaban por allí.

Esa noche llegaron al pueblo dos familias enteras. Una mujer se me aproximó, con expresión de estar desorientada, me pregunto qué pueblo era este. Supongo que venían manejando hace días por su aspecto. Estaban agotados y muy inquietos. El padre no dejaba de hablar de una de sus hijas que no estaba con ellos. ¿dónde estará ella ahora? —se preguntaba—. Algo en ellos me hizo recordar las narraciones de Leandro: inquietos, desalentados, tristes, perdidos... pero a esta altura estaba tan sugestionada que no podía pensar en otra cosa que esos horribles muertos que agarran de los pies.

No entendí qué calle era la que buscaban, pero les dije que se acercaran a la capilla para calmarse y creo que les pareció buena idea. Los acompañé. Había vecinos allí también. Luego de un momento se fueron calmando. Y parecía que todo se iba a solucionar, Tarde o temprano encontrarían a su hija.

Soy sumamente respetuosa y no iba a preguntar detalles, pero me parecía que se trataba de una adolescente que quizás se haya resistido a la mudanza. Ya vendría con su familia cuando se sintiera sola sólo era cuestión de tiempo. Al igual que otros que se mudaron a nuestro pueblo estos tampoco traían equipaje. Algunas mudanzas son así, suceden de un momento a otro, de pronto el lugar que habitas ya no es apropiado, apareces aquí y empieza tu vida.

Había sido una noche agotadora así que me despedí amablemente de los forasteros, y del grupo congregado en la capilla. Mañana será otro día —me dije—. Llegué a la tranquilidad de mi refugio. Agradecí estar lejos de esos horribles muertos y me recosté. Mi madre dormía. Vi cómo un rayo de luna se reflejaba en la placa de bronce que lleva mi nombre en mi féretro.
Entonces tuve el sueño más hermoso que jamás haya tenido.