miércoles, enero 12, 2011

LA VIDA DESPUÉS

­¡Si ya está que se manifieste!
-Sentenció la voz grave de la médium. Inmediatamente comenzó a sacudirse balbuceando cosas sin sentido. Su cara parecía la de una persona con problemas mentales; babeaba emitiendo incoherencias. Se sacudía como si estuviese recibiendo descargas eléctricas. Clara, furiosa, salió repentinamente del lugar mientras la mujer de negro y la asistente insistían en que estaban a punto de lograrlo.

Era la cuarta vez que hacía todo ese circo y nunca consiguió nada. Se dio cuenta de que no podría volver a comunicarse con Iván, que no había forma. Llegó hasta una plaza y se desmoronó en un banco. El rechinar del subibaja avivó aún más su angustia y se reprochó el no haber querido tener un hijo al comienzo: "Si lo hubiésemos hecho cuando nos casamos hoy no estaría tan sola..." Desplegó el periódico, solo para intentar distraerse... "Niño nacido de los óvulos de una mujer muerta dos años antes..."

-¿Doctor Benavidez?, soy Clara de Herrera.
-Ah, si señora, la recuerdo. Supe lo de su marido, lo lamento muchísimo señora.
-Gracias. Lo llamo porque quiero continuar lo que empezamos.
-¿C... Cómo dice? E... está Usted s... segura de lo que dice? (Había pasado un año de la muerte de Iván; el médico ya había descartado las muestras).
-Sí, absolutamente segura.
-Bueno, estem... le parece que tengamos una charla mañana a las nueve?
-Está bien.

Benavidez, preocupado por el estado psicológico de su paciente, insistió en que consultara a un especialista. Clara entendió esto como un prerequisito y aceptó.
-La escucho, señora.
-Es poco lo que tengo para decir. Mi marido murió hace un año y yo pretendo tener un hijo de él. Ya lo habíamos decidido, había algunos problemas y apelamos a la fecundación asistida. Las muestras están congeladas...
-Comprendo... y... ¿qué‚ piensa que su marido desearía en las circunstancias actuales?
-Bueno, he tratado de averiguarlo... pero sin éxito. De todas formas él no está y soy yo quien decide.

Clara siguió viendo al psicólogo, sin embargo nada podía quitarle el deseo de reencontrarse con Iván. Su terapeuta no combatía ese deseo, por el contrario, sostenía que ella necesitaba despedirse. Probaron técnicas de visualización, hipnosis, dramatización... pero ella se exaltaba tanto que perdía las imágenes. Básicamente se negaba a dejarlo ir.

Dos meses después Clara ya no hablaba de inseminarse, pero tampoco elaboraba un nuevo proyecto de vida. El psicólogo le propuso someterse a una experiencia de realidad virtual a fin de evaluar el estado de su proceso de duelo. Se trata de un procedimiento absolutamente revolucionario -le explicó a Clara- está disponible gracias al avance de las computadoras en los últimos años y de las interfaces cerebro-máquina. Clara, sin expectativa alguna, aceptó.

Los scanners analizaron cada detalle de la morfología de Iván a través de las fotos que Clara, por instrucción del psicólogo y del técnico en realidad virtual (RV), había seleccionado cuidadosamente. Unos vídeos y grabaciones de audio mostraron los movimientos, el timbre y tono vocal, el modo en que reforzaba algunos sonidos, las pausas... todo escondía algo de la personalidad del fallecido. En poco más de una hora surgió con siniestra exactitud, un perfil digitalizado de Iván.

-Y dígame una cosa, -preguntó Clara al Dr. y al técnico que comandarían la experiencia- cómo es que se programarán las respuestas que me de la máquina a mis preguntas?
- El sistema asimiló datos de la personalidad de su esposo, y de sus movimientos y gestos. Con los cuestionarios que Ud. respondió más los datos de la historia de él y de la de ambos se trazó un perfil de personalidad. A todo esto se suma la memoria que Ud tiene de su esposo, la cual puede ser consultada por el sistema para recavar datos que precise durante toda la experiencia de RV. Es decir que Ud estará prácticamente interactuando con lo que es su esposo para Ud. Dependiendo de los movimientos que usted haga y de lo que Ud. diga, el sistema aleatoriamente generará respuestas posibles para la personalidad de su marido, o sea que es impredecible lo que pueda suceder, depende de la interacción con Ud. movimientos, pensamientos, palabras, todo.

Al comienzo sólo vio manchas, después árboles, sol, agua... Clara reconoció el lago donde nadaba de pequeña; las mismas montañas, los mismos pájaros... Sus pulmones se llenaron de aquel aire de montaña. Sus ondas cerebrales cruzaron el casco para alcanzar la computadora: "ESTADO EMOCIONAL ADECUADO PARA INICIAR EXPERIENCIA DE REALIDAD VIRTUAL"

Algo la llevó hacia la costa. Tuvo la visión impresionante, nítida de Iván. Una gota de agua rodó por el rostro del hombre, cruzó el pecho hasta el ombligo. Clara detuvo la gota de agua con sus manos; palpó el vientre de Iván. Sintió el contacto con ese cuerpo que conocía tan bien. Su existencia, su vida. Se abrazaron largo rato, sin decir palabra. Lloraron. Luego se besaron apasionadamente sabiendo que quizás esa era la última vez. Clara estaba tan inmersa en su estado de consciencia alterada que no podía distinguir en lo más mínimo que se trataba de una experiencia virtual. Lloraban ambos no de tristeza ahora, sino de emoción por estar de nuevo juntos. Clara le iba a contar sobre lo sucedido ese año, e Iván la interrumpió:
-Si, lo sé. Sé del apartamento nuestro, esta bien que lo hayas vendido. Y está muy bien que trates de seguir adelante. Ahora lo de tener un niño... ¿estás segura?
-Clara emocionada sintió que se le quitaba un gran peso, ya no tomaría al decisión sola.
-Sí lo estoy. Ya pensé en las consecuencias pero quiero hacerlo. Es la única esperanza que me dio fuerzas para seguir viva.
-Bien. si estás segura, entonces ¡que así sea! yo apoyo en todo tu decisión de hoy y también aquellas que debas tomar a lo largo de la vida de nuestro hijo. Yo estoy como siempre a tu lado. apoyándote, porque siempre serás mi gran amor. Se abrazaron y lloraron nuevamente temblando de emoción sabiendo que ahora nadie los podría separar. Se acariciaron e hicieron el amor, fue una de las veces mas intensas, más emotivas. No se preguntaban si podrían volver a verse, sabían que posiblemente no, pero ese momento fue vivido al máximo, con todo el ser de cada uno de ellos. El peso de Iván sobre el cuerpo de Clara era distinto y sin embargo igual... Se cobijaron, se alimentaron. Iván miró por última vez esos ojos tiernos, hasta verlos exhaustos, mientras él se vaciaba dentro de ella en un llanto profundo y tibio.

El Dr. Benavidez no tuvo coraje para decirle la verdad, optó por dejar que las cosas se fueran dando solas. Pero Clara salió más decidida que nunca a implantarse el óvulo fecundado con el esperma de Iván. Entonces, al Dr. se le ocurrió una gran idea: implantaría un embrión ajeno, uno débil, que no sobreviviría. Ella pensaría que fue un aborto espontáneo; después le diría que ya no quedaba material. Clara tendría que resignarse. Le dio un tratamiento de hormonas para prepararla y fijaron fecha para el implante el mes siguiente. No pudo hacerse. Estaba embarazada.

domingo, enero 09, 2011

ETERNA AMISTAD


Este cuento está Inspirado en una charla que tuve hace mas de 15 años con mi querida Julia Zwilinger, fallecida en 2001. De la charla-delirio sólo recordaba algunas imágenes y la completé para que sea narrable. Hoy volvió he vivido algo que me recuerda a esta historia así que necesité escribirla.

Elián era un hombre alegre. Amaba la vida social, y, dado que viajaba, tenía muchos amigos en todo el mundo. Mucha gente lo quería y algunos lo admiraban. Se divertía con poco, por ejemplo le gustaba mucho bailar aunque lo hiciera mal. Disfrutaba de la vida al aire libre, las salidas de pesca, de camping, o a esquiar. Había nacido con el don de sentir pasión por todo lo que hacía, por lo cual, era un hombre feliz y muy exitoso. Algunas personas tienen ese don, se apasionan por todas las cosas que hacen y sus vidas tienen mucho color e intensidad. Era inteligente, seductor, y muy ocurrente. Tenía una especial facilidad con las palabras. Podía organizarlas de forma tal de transmitir sus ideas o sentimientos muy claramente y de manera muy simple explicaba conceptos complejos. José, en cambio, sumamente ordenado, ansioso, en su mente era muy caótico. Era inseguro y necesitaba confirmación de todo. Elián en cambio parecía estar seguro de todo. José había crecido en un ambiente sumamente agresivo y descalificador, y así funcionaba muchas veces, pero había aprendido a dominar su impulso agresivo, Elián le había ayudado en eso. La infancia de José había sido muy difícil; rodeado de personas que lo descalificaban todo el tiempo. Se había esforzado mucho por conseguir lo que tenía, sin embargo se sentía siempre insatisfecho. José era más dado a las acciones que a las palabras. A diferencia de Elián, le costaba mucho expresar sus ideas con claridad, pero era sumamente afectuoso con su cuerpo y abrazaba muy fuerte. No obedecía a más ley que la propia, aunque la gente pensara lo contrario y lo viera como alguien respetuoso de la ley. Circunspecto y disciplinado en apariencia, todo en su vida parecía ordenado. Su ropa la doblaba con la misma medida exactamente y la clasificaba por colores. Cuando salía con Elián nadie comprendía cómo dos personas tan diferentes podían ser amigos. Elián estudió Psicología y José estudió Turismo y hotelería. A pesar de las diferentes profesiones y caminos construyeron una buena comunicación basada principalmente en las diferencias. Se llamaban "más que hermanos", y aunque no eran físicamente parecidos mucha gente los veía semejantes. Había puntos de encuentro: por ejemplo, tanto Elián como José amaban esquiar, y también el montañismo y cada invierno planificaban una salida con sus esposas, quienes, a su vez, eran amigas. Así pasaban mucho tiempo juntos hombres y mujeres cada quien con sus actividades.

Fue el invierno de dos mil siete, lo recuerdo bien porque nevó en Buenos Aires. Ellos habían ido, como cada invierno, a esquiar. Decidieron internarse más y más en la cordillera. Encontraron finalmente una cuesta maravillosa, sólo para ellos y pasaron la tarde allí. Volvieron encendidos de entusiasmo y no hablaban más que de “su lugar de esquí” a partir de ese día sería exclusivo de ellos. Esa noche nevó y, al día siguiente, el sol despuntó espléndido. Volvieron a su lugar. Pasaron allí el día, y quizás por el cansancio de tantas horas de esquiar, de pronto José pisó en falso y comenzó a rodar, Elián usando sus esquíes para seguirlo alcanzó a interponerse en su camino para detenerlo; pero, por la velocidad que traía José golpeó tan fuerte a Elián que produjo un impacto y la columna de nieve por encima de ellos se aflojó y empezó a deslizarse con ambos encima. Más y más nieve se agregaba y los arrastraba cuesta abajo sin control alguno.
Cuando todo se detuvo tres cuartas partes del cuerpo de Elián estaban enterradas en la nieve. Haciendo acopio de todas sus fuerzas consiguió liberarse. Milagrosamente no tenía fracturas, solo un fuerte dolor en el pecho. Estaba al borde del desmayo. Todo el día esquiando y ahora esto había acabado con sus fuerzas. Comenzó desesperadamente a buscar a José y no pudo encontrarlo. Se dio cuenta de que seguramente estaba en alguna parte bajo la nieve. Minutos después escuchó un gemido y lo encontró bajando un poco la barranca, en una especie de grieta entre dos peñascos. Vio una mancha roja como tres metros hacia abajo, guiado por su propia inconsciencia del peligro se lanzó reptando a la grieta y avanzó hacia abajo hasta que pudo ver el rostro golpeado y sangrante de José.

La mano de José y su rostro eran las únicas partes que asomaban de los tres metros de nieve que lo aprisionaban. Apenas podía moverse por la presión. Apenas podía respirar. Elián le sacó el guante para dar calor a la mano de José que era lo único que tenía a su alcance, le dio a beber licor. José no podía tragar, tosió y miró a su amigo como pidiéndole que lo dejara. Se dio cuenta de que no sería posible sacar a José de allí. Por otra parte la nieve estaba inestable, y ya estaba nevando nuevamente. Elián lloró. Comenzó a llorar porque no podía aceptar que terminaran así los días de una vida de amistad. En una hora anochecería y no podía marcar el punto donde estaban. José ya no podía hablar pero sus ojos le decían “tengo miedo amigo, no me dejes morir.” Hasta llegar al puesto más cercano y volver pasarían cuatro horas y José se congelaría en menos de una hora. Lloró porque se dio cuenta de que nada podía hacer para salvar a su amigo, y dudaba si tendría las fuerzas para salvarse él mismo.

Poco a poco se fue levantando un viento helado que arrastraba la nieve. Impactaba sobre Elián como púas filosas. Tomó la mano de José y la aferró fuerte, agotado, angustiado y triste ante la inminente muerte de su amigo que apenas respiraba, sintió que moriría también, que esa sería la tumba de ambos. Agradeció el hecho de que al menos estaban juntos en ese momento. Elián sintió que entregaba su vida, que se dejaba ir, que su pecho se abría para que su alma se fuera. Inmerso en esa sensación de pronto sintió la mano de José, le dio una apretada muy fuerte y tuvo la sensación de que José se había liberado de la nieve. Entonces José lo miró despidiéndose y Elián dijo: no me dejes, quiero que te quedes, conmigo. No te vayas José, no estoy listo para despedir a mi hermano. José lo miró como quien ve a un loco y Elián de pronto jaló la mano de José y lo trajo contra su pecho lo apretó muy, muy fuerte hasta que José parecía hundirse en el pecho de Elián. Luego, o quizás antes de eso, ambos perdieron el conocimiento.

Despertó unos momentos después. Vio la mano azul de José: seguía atorado en la nieve. Había alucinado a causa del frío. José empezaba a congelarse, y se dio cuenta de que él estaba perdiendo el conocimiento nuevamente a causa del frío de casi una hora en esa hendija, aun vencido por el cansancio consiguió salir y fue buscar ayuda.
Esa noche el equipo de salvataje no pudo llegar al lugar pues la tormenta se había ido intensificando. Al día siguiente fue muy poco lo que pudieron hacer porque aún seguía la tormenta de nieve, después de una semana iniciaron una búsqueda que duró sólo tres días, habían nevado más de dos metros y no existía chance alguna de que José estuviera vivo.

Elián se encerró en su cuarto sin hablar con nadie. Pasaron tres días en los que no comió, sumergido en lo más oscuro de su dolor. No podía perdonarse haber llegado hasta ese lugar y haberse descuidado. La tristeza intoxicaba su mente, y el hambre que estaba allí aunque no lo percibía, hacía delirante su condición.
De pronto una voz lo despertó de su sueño: era la voz de José. Se sobresaltó y miró a su alrededor, pensó que alguien le gastaba una broma, pero no, esa voz no era externa. Estaba adentro de su cabeza. Elián se dio cuenta de que su Mente estaba colapsando, de que el dolor intenso, la falta de sueño y de comida, lo habían llevado a un cuadro psicótico y ahora estaba sufriendo alucinaciones.
Volvió a oír la voz:
-Elián, este es el cuarto de Elián, cientos de veces estuve aquí...
-¿José? -preguntó Elian perplejo-
-¡¿Elián?! -Una enorme alegría embargó a Elián.
-¡Si, soy yo! y parece que estamos metidos en el mismo despelote sea lo que sea esto.

Se quedó atónito. No entendía cómo podía suceder que su amigo muerto se esté comunicando con él. De pronto recordó su deseo de entregar su vida para estar con su amigo, para que José pudiese vivir...

¿O sea que funcionó?
Esto desafiaba toda la psicología de los libros. Elián Levantó una mano y comenzó a mirarla.
—¡Esto es increíble! —decía José—, ¡puedo sentir como si fuera mi cuerpo!
—¿Estamos muertos los dos? —preguntó José
—No, no. Yo estoy vivo, estoy en mi cuarto y vos estás conmigo aquí.
—¡Es absolutamente delirante! ¡no puede ser!
—¡Si!, ¡¿no es maravilloso?! ¡Estas vivo! ¡estás vivo! —Gritó Elián saltando de alegría...

Verónica, la esposa de Elián escuchó los gritos y pensó que su esposo se había vuelto loco. Lo escuchaba gritar y dialogar a solas, encerrado en su habitación. Pero aun así esto la tranquilizaba porque pensaba que Elián no resistiría mucho en el estado en que había estado.

Elián decidió salir para que José viera todo su mundo. José le dijo que no hiciera tanto alboroto, ¡que estaban los dos en un solo cuerpo y que ese cuerpo estaba hablando solo! Ahora tenían una nueva complicidad, aun más íntima que la de antes...
—¡vamos! ¡Quiero que veas el mundo desde mis ojos!

Elián ni siquiera pensaba en las catastróficas consecuencias que lo que había sucedido tendría en su vida. Era un niño feliz, libre de la culpa que se adjudicaba de haber “matado” a su amigo. El resignar por el resto de su vida la exclusividad de su cuerpo no le parecía un precio alto a cambio de revivir a su mejor amigo.

José estaba tan perplejo como Elián. No entendía qué era lo que había sucedido. Pensaba miles de teorías pero ninguna explicaba el hecho de que los dos estuvieran en ese mismo cuerpo. De pronto recordó la alucinación que había tenido, donde Elián había abierto su pecho, y lo apretó muy fuerte sintiendo que se mezclaban. Recordó que algo en el pecho de Elián estaba abierto y luego, después de su llegada, se cerraba y lo protegía como un abrazo. Pero pensaba que había sido parte del delirio de un hombre que, frente a la muerte, deliraba. Elián salió corriendo de la habitación para mostrarle todo a su amigo que, al tercer día de muerto, acababa de resucitar.
Encontró hasta divertido abrazar a Verónica y besarla apasionadamente como parte del "tour" mostrándole a su amigo cómo besaba su esposa. Verónica quedó paralizada entre la alegría y el pánico a que su marido realmente estuviera loco... Pero, como sea, esta locura lo hacía mucho más parecido a lo que siempre había sido que al Elián de los últimos tres días. No comprendía qué había sucedido, pero estaba feliz de ver a su marido sonriendo después de esos días de oscuridad.

José permanecía en silencio, mitad asombrado, mitad aterrado. Miraba desde el fondo toda esa escena surrealista. Elián fue mostrando a José cada detalle de su mundo. José, lentamente fue participando en las decisiones de Elián, y poco a poco se fue instalando y usando también su flamante cuerpo más grande en tamaño que el antiguo, lo que le daba una extraña sensación de poder. Pactaron que este sería su secreto ya que nadie lo entendería y tomarían Elián por loco.

Como las mujeres que a José le gustaban no eran el tipo de Elián, acabaron negociando que Elián traicionaría algunas veces a Verónica para que José pudiese disfrutar un momento con alguien que le atrajese. Elián se quedó sobrecogido al atestiguar a José en su dimensión sexual. Desplegaba una faceta muy excesiva y descontrolada. Elián trataba de recluirse en algún rincón de su mente inhibido por los excesos de José, pero en varias ocasiones sorprendió a José descuidando el cuerpo de ambos con prácticas sexuales de alto voltaje y de alto riego.

Elián comenzaba a entender que la vida de su amigo le implicaba concesiones muy difíciles pues esas acciones, que nada tenían que ver con sus deseos, hacían que Elián comenzara a darse cuenta de la terrible verdad: que ya no era dueño de su vida. Poco a poco se fue replegando.

José se expandía fascinado con la vida de Elián, era una vida que siempre le atrajo, siempre envidió secretamente y ahora era dueño de eso que tanto había envidiado. Elián, mientras tanto, continuaba retrayéndose, hasta ir transformándose paulatinamente en un ser quieto y sombrío. José tomó el mando y fue adquiriendo la personalidad de Elián, su magnetismo irresistible su inteligencia, y, sobre todo, su placer por la vida. Fue literalmente apropiándose de la vida de Elián sin que nadie lo notara más que Elián.

Elián sólo quería desaparecer. Sentía un enorme conflicto pues sabía que si expulsaba a su amigo de su cuerpo (cosa que ni siquiera sabía cómo hacer) su amigo moriría, y entonces si sería “él” quien lo asesinó. Se sentía impotente al ver cómo José se adueñaba vorazmente de todo. De su forma de hablar, de su forma de razonar, de sus frases, de sus gustos, de sus estudios, de su profesión, de sus amigos.

Así fueron pasando los meses y cada vez más Elián se hundía en un silencio sepulcral sin pronunciar palabra durante días. Y José hacía uso de su casa, sus perfumes, su cama, sus ropas, su computadora, y hasta de la compañía de su esposa. Se apropió por completo de todo lo de Elián, hasta de lo más íntimo: su cuerpo.

Un jueves de enero, casi seis meses después del accidente, miraban televisión. De pronto vieron una noticia que mostraba como unos chicos habían encontrado bajo el hielo que se estaba derritiendo, el cuerpo de José. Un numeroso equipo coordinaba la maniobra de recuperación del cuerpo con el objeto de darle una digna sepultura. Para no destruirlo cortaron el bloque de hielo entero y podía verse que, a excepción de un corte en la frente, el cuerpo parecía intacto. La preocupación de algunos era cómo descongelar ese cuerpo para hacer los servicios fúnebres.

Pero lo inesperado sucedió. Como suele ocurrir en la vida de Elián hubo un nuevo giro radical. Se presentó el padre de una de las niñas que descubrieron el cuerpo. Era un suizo experto en Criogénica. Y propuso la loca, la absurda idea de intentar una resucitación.
El bloque de hielo fue mantenido frío hasta tomar una resolución. Y así de locamente como había sido el inicio de esta historia, pronto todas las piezas encajaron: El científico se ofreció sin otro móvil que el interés científico para intentar salvar esa vida. Explicó que el congelamiento en esas temperaturas tiene ventajas y desventajas y que una de las desventajas es que no pueden pasar más de seis meses para la resucitación pues las consecuencias del congelamiento son irreversibles. O sea que estaba aun a tiempo. Asimismo había que ver cómo había transcurrido el congelamiento, pero en general el cerebro se enfría antes que el corazón por lo que los tejidos nerviosos suelen conservarse bien por estar oxigenados hasta último momento.

Al ver esto Elián despertó de su oscuridad diciéndole a José casi en un grito: —¡tenemos que ir!¡tenemos que ir!—. ¡Es tu cuerpo que lo encontraron y lo van a revivir!, ¡lo sé!, ¡lo puedo sentir! Es por eso que ocurrió todo esto, ahora tiene sentido, ¡es por eso! ¡era tu destino!

Es por eso que nunca te fuiste ¡es por eso! ¡porque tu cuerpo aún esta vivo! José se mostró reticente. Estaba feliz con su actual vida, y se rehusaba a regresar a su vida anterior. En verdad ahora todo era mucho mejor que lo que había tenido antes. Prefería quedarse viviendo como Elián, pero no podía revelarle eso a su amigo. Sentía que vivir la vida de Elián le había dado felicidad por primera vez. Pero Elián no dudó. Compró el pasaje y esa noche salieron hacia la cordillera.

Todo el pueblo estaba al tanto del gran hallazgo y pendientes de la historia. Elián se presentó como el hermano de José y quería estar presente cuando lo revivieran. Fue un proceso muy lento y complicado que duró poco más de doce horas. Llegó el increíble momento en que, después de siete meses, el corazón de José volvió a latir, Una descarga eléctrica contrajo los músculos, y cuando terminó la descarga, el corazón volvió a contraerse por sí mismo, una y otra vez. Al principio el ritmo era errático, pero el experto propuso esperar sin intervenir hasta que la temperatura se estabilizase y poco a poco las funciones respiratorias y cardíacas se normalizaron. La actividad cerebral en los monitores era muy tenue, las funciones vitales básicas estaban conservadas pero no había indicios de actividad cerebral alguna. Era solo un recipiente vacío. Mantenido en un coma farmacológico pues los tejidos dañados por el congelamiento debían autorepararse. Tres semanas después las lecturas cerebrales indicaban una leve mejoría y decidieron quitar la medicación que inducía el coma para ver si recuperaba la consciencia. Elián esperó el momento en que estuviera sólo con José y apenas pudo colocó su pecho contra el pecho de ese cuerpo yerto. Y abrió, con toda la fuerza de su intención, el canal por el que José, empujado por la voluntad de Elián, regresó a su cuerpo. Las alarmas de los monitores se dispararon y José comenzó a respirar más rápido, a convulsionar, y, luego de unos minutos, se serenó y abrió sus ojos.

Fue como nacer. Se vio obligado hacer una ardua rehabilitación, pero el milagro había ocurrido: estaba vivo y eso era lo importante.


Poco a poco José se fue recuperando su movilidad. Fueron volviendo lentamente a sus vidas. José sentía que no quería la suya. Ya no era el mismo. Le costaba adaptarse a su metro setenta y su cuerpo flaco después de haber vivido en el robusto cuerpo de Elián, así que empezó a entrenar duro para darle más fuerza y volumen a su cuerpo. Dejó para siempre el turismo y descubrió que la vocación de su amigo: la psicología, era su verdadera pasión. Cambió radicalmente su vida. Su antigua inseguridad infantil se había ido, y sus miedos a la oscuridad, a estar solo, miedos que nadie había sabido más que él, tampoco estaban. Sus rituales obsesivos, su dificultad para tratar con otras personas, todo ahora era diferente, todo más liviano. Por primera vez se sentía libre. Era como si José hubiera tomado una parte de Elián que había sanado su vida.
Una tarde de invierno, la llovizna fría atormentaba a Elián quien siempre, a diferencia de José, Odió la lluvia. José caminaba a su lado, iban a comprar los regalos y el vino para celebrar el cumpleaños de Verónica. Elián tenía una sensación desagradable como de incomodidad desde la mañana; estaba aprensivo. La llovizna lo obligaba a subir el cuello de su impermeable hasta cubrir su boca y nariz, y debía sostener la cabeza inclinada hacia abajo. Elián esperaba en la vereda para cruzar. José se había demorado mirando unos tabacos. Entonces fue que un auto resbaló sobre la escarcha en la calle y perdió el control. Comenzó a girar y golpeó con el lateral de lleno en el cuerpo de Elián que salió disparado como un latigazo y fue a dar con la nuca contra el pavimento. De inmediato un charco de sangre oscura comenzó a formarse bajo su cabeza, José se aproximó y supo que su hermano de toda la vida, su gran amigo, aquel que le había dado su propio cuerpo para que pudiera vivir, estaba agonizando. Elián yacía perplejo. Inmóvil. Balbuceaba ¿que paso?

Los ojos de José se llenaron de lágrimas y revivió la mirada de su amigo aquel día en la nieve, una mirada que difícilmente olvidaría en el resto de su vida. Sintió una enorme congoja y sostuvo la mano de su amigo mientras veía  crecer lentamente el charco rojo detrás de su nuca. Elián miró con sus ojos por última vez a José y de alguna forma, haciendo acopio de sus últimas fuerzas, le imploró a su amigo: “por favor José, déjame entrar, quedarme en vos...” José lo miró y sintió terror. Recordó, como una película, toda su propia historia. Ahora todo se repetía pero a la inversa: era su momento de dar a su mejor amigo, a su hermano, lo mismo que él le había dado antes.


Los ojos de José, quien nunca lloraba, se llenaron de lágrimas. Por primera vez José amaba la vida que tenía. Entonces José respiró profundo, y apretando sus dientes se cerró bien, bien fuerte. Cerró todo su ser como una coraza de acero, mientras las pupilas de Elián se abrían para siempre y el aire salía por última vez de su pecho.