jueves, diciembre 02, 2010

El sueño más hermoso

Vivimos hace años en un pueblo muy tranquilo; la rutina es la cuna en que nos mecemos. De vez en cuando llega gente nueva, y otros se van. Como en todo pueblo, al principio es difícil entrar en contacto con los que habitamos aquí, pero después todo se va dando solo. A veces en la calle o forzados porque alguien no está bien y lo asistimos, o por el día a día... de una forma u otra nos conectamos.
Desde que puedo recordar, esta ha sido mi morada. No conozco otro lugar. Quizás un día deba irme de este pueblo. Confieso que eso me provoca un enorme resquemor, pero no lo pienso. Lo desconocido siempre me asustó, no soy fácil para los cambios.

Con todo, en medio de nuestra valorada paz, siempre sucede algún evento digno de llamar la atención. El pueblo hoy estaba conmocionado. Se trataba nuevamente de Leandro: un muchacho extraño y muy querido por todos.

Entró corriendo a la capilla empapado en sudor completamente agitado. ¡Sabe Dios desde dónde vendría! corría y gritaba que los muertos, de nuevo, lo perseguían.

No tenemos psicólogos en el pueblo, por la sencilla razón de que nunca los hemos necesitado. Nuestras cosas las resolvemos conversando con nuestros vecinos y amigos, con los consejeros espirituales. Pero Leandro hace mucho que se quejaba de ver siluetas humanas semitransparentes yendo y viniendo en las calles o en su casa. Siluetas llorando, gritando, peleando, siempre atormentadas, nunca en paz.

En una ocasión algo ocurrió con su pobre cabecita y permaneció una semana entera viendo esas cosas, imagino que son muertos, obviamente, ¡porque otra cosa no pueden ser!

Resulta que los veía corriendo, yendo y viniendo, enloquecidos totalmente, enajenados, gritando, llorando,  chocando unos con otros. Toda la escena narrada encaja perfectamente con las descripciones de lo que todos nosotros entendemos por el infierno; o como mínimo el purgatorio. 

Almas atormentadas, encerradas en una especie de ciudad de la que no pueden escapar…

Parece ser que lo más destacable de estas entidades es que no conocen su condición de muertos —cuenta Leandro— ellos realmente creen que están vivos —asegura—, de hecho van y vienen, habitan casas… todo como si estuviesen vivos. Corren apurados a sus casas, clubes, trabajos como si vivieran! Debido a ello, a esta obstinada negación de su verdadera condición, es que temen horrorosamente a la muerte, a las enfermedades, a las pérdidas, en fin sus vidas de verdad son un infierno en el que naufragan ciegos.

Pues así es, Leandro tiene ese "don" que más bien parece una maldición de poder ver a los muertos. Otra cosa que, para Leandro fue de lo más aterrador, fue darse cuenta de que algunos de ellos nos pueden ver a nosotros. Si, pueden vernos desde ese infra mundo en que viven. Es horrible para él cuando lo persiguen e insisten en hablarle. Muchos de ellos son niños que usualmente sólo lo miran, incuso a veces le sonríen; y algunos adultos muy extraños también lo hacen, otros le temen. Parecen ser sumamente supersticiosos en relación a nosotros. Cuando alguno lo encara es siempre aterrador, el pobre muchacho corre y corre hasta que sus fuerzas lo abandonan y llega a la capilla, el único lugar donde ellos no pueden entrar. Ha llegado tan exhausto que cayó una vez desmayado y quedó inconsciente por algunas horas.

Había ocurrido de nuevo. Esta vez fue peor, parece que uno de ellos lo tomó por el pie y no lo soltaba. Es aterradora la sola idea de que esas figuras semitransparentes puedan tocarte, pero sin duda, él lo sintió y por lo tanto fue real. Cuando sintió que lo aferraban se volvió para ver el rostro de una mujer, que , desesperada, gritaba: ¡quedate conmigo! ¡no me dejes!

Sus alaridos agudos perforaban los tímpanos de Leandro, los gritos le entraban en el cuerpo como dardos punzantes desgarrando sus fibras y creía que con sus gritos lo haría estallar. El dolor de ella era inmenso y se lo inyectaba de alguna forma haciendo que Leandro sintiera lo mismo que ella sentía. Fue el momento más espantoso que jamás haya recordado y el sólo narrarlo hacía que su cuerpo entero temblara.

Lo mas inquietante es que Leandro creía conocer a esa mujer, si bien no la recordaba había algo en ese rostro que le resultaba morbosamente familiar.

En la capilla estábamos ya serenos para oír su historia de muertos y darle toda la compañía necesaria, ya que el muchachito no tenía familia.

Cuando él llegó aquí con sus escasos veinticuatro años, la poca familia que le quedaba ya se había marchado. Era un poco el protegido de todos, sin embargo muchos de los lugareños se habían quedado solos, así que éramos todo lo que él tenía.

Esa noche nadie tuvo la paz que solíamos tener. Las imágenes aterradoras de los muertos vivos nos desfilaban a todos por la mente y no conseguíamos conciliar el sueño. Nuestro pueblo era nuestro refugio pero había perdido una parte de su apaciguadora seguridad. Varios de nosotros deambulábamos los las callejuelas, la capilla los corredores y los jardines inquietos, tratando de asegurarnos que los muertos no estaban por allí.

Esa noche llegaron al pueblo dos familias enteras. Una mujer se me aproximó, con expresión de estar desorientada, me pregunto qué pueblo era este. Supongo que venían manejando hace días por su aspecto. Estaban agotados y muy inquietos. El padre no dejaba de hablar de una de sus hijas que no estaba con ellos. ¿dónde estará ella ahora? —se preguntaba—. Algo en ellos me hizo recordar las narraciones de Leandro: inquietos, desalentados, tristes, perdidos... pero a esta altura estaba tan sugestionada que no podía pensar en otra cosa que esos horribles muertos que agarran de los pies.

No entendí qué calle era la que buscaban, pero les dije que se acercaran a la capilla para calmarse y creo que les pareció buena idea. Los acompañé. Había vecinos allí también. Luego de un momento se fueron calmando. Y parecía que todo se iba a solucionar, Tarde o temprano encontrarían a su hija.

Soy sumamente respetuosa y no iba a preguntar detalles, pero me parecía que se trataba de una adolescente que quizás se haya resistido a la mudanza. Ya vendría con su familia cuando se sintiera sola sólo era cuestión de tiempo. Al igual que otros que se mudaron a nuestro pueblo estos tampoco traían equipaje. Algunas mudanzas son así, suceden de un momento a otro, de pronto el lugar que habitas ya no es apropiado, apareces aquí y empieza tu vida.

Había sido una noche agotadora así que me despedí amablemente de los forasteros, y del grupo congregado en la capilla. Mañana será otro día —me dije—. Llegué a la tranquilidad de mi refugio. Agradecí estar lejos de esos horribles muertos y me recosté. Mi madre dormía. Vi cómo un rayo de luna se reflejaba en la placa de bronce que lleva mi nombre en mi féretro.
Entonces tuve el sueño más hermoso que jamás haya tenido.


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